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jueves, 28 de octubre de 2010

El Tren


No se por qué siempre me apetece escribir cuando voy en un tren. Es como si me vinieran las musas con el traqueteo. Quizá debería pagar más por el abono transporte.
El caso es que ahora mismo voy en un tren, en mi tren de siempre, mirando por la ventana un paisaje que ya me sé de memoria. Pero éste no es un viaje cualquiera. En este viaje voy con ella. Y aquí está, a mi lado, leyendo mi libro preferido después de que le insistiera 35 veces para que lo hiciera. Me mira, mitad curiosa mitad indiferente, como si supiera que estoy escribiendo sobre ella. Me sonríe. Juraría que ahora mismo soy feliz.
Nos conocimos en una fiesta de la empresa donde trabajaba antes. Todo fue muy "normal" entre nosotros. No hubo amor a primera vista, no hubo miradas, no hubo un "ay Dios". Solo hablamos y conectamos. ¿Significa eso que nos queremos menos? Por supuesto que no. Para ser sinceros, hace mucho tiempo que dejé de creer en los flechazos, las medias langostas y los enamoramientos repentinos. Creo que la sociedad está intoxicada por la idea del romanticismo que nos vende cierta literatura, el pop británico y Hollywood. Nos venden la idea de que existe una persona que encajará perfectamente con nuestra personalidad, que seremos completamente complementarios y que, pasé lo que pasé, solo con querernos mucho bastará. Pues bien, eso es una gran mentira. No existe tal persona. Encontrarás una persona que llené muchos de los vacíos que se supone que tiene que llenar una pareja, o que te de el apoyo que tu necesitas, pero no existe una persona que cumpla todos los requisitos que tu crees que tiene que tener tu pareja. Y creedme, es mejor así. Si no la vida sería muy aburrida. Pensareis que no creo en el amor, que no soy nada romántico, que he perdido la fe. Ni mucho menos. Solo digo que si te pasas la vida esperando la persona perfecta para ti, eso es todo lo que harás, esperar.
Joder, se me vuelve a ir la cabeza. Lo que realmente quería contaros es que este fin de semana voy a presentar a Sonia, así se llama ella, a mis padres. No se me da muy bien hablar de mi vida privada, y menos con mis padres, así que ésto es una novedad para ellos. Sonia me vuelve a mirar, yo sonrío y vuelvo a mirar el paisaje. Y de repente, siento un golpe. Abro los ojos. Sigo en el tren. Miro a mi lado. Sonia no está, nunca ha estado. Mierda, me quedé dormido otra vez.

En mis cascos suenan The Smiths. Y aquí estoy, esperando.

miércoles, 25 de agosto de 2010

93B. Segunda parte


Era una mañana lluviosa de septiembre. Adrián, el Dr. Solaz para todo el mundo, se paseaba de un lado al otro de su despacho mientras ojeaba el expediente de la ultima adquisición del centro Hurst, la institución mental con más renombre de la ciudad. Adrián, no muy amigo de los eufemismos, le gustaba llamarla cárcel de locos y a él mismo, por supuesto, loquero.
Joaquín Dabrio Vila, así se llamaba el sujeto.
-Tiene un expediente divertido -masculló el psiquiatra enseñando los colmillos con su media sonrisa. Y era cierto. Brotes psicóticos, tendencias homicidas, indicios de esquizofrenia... Y todo surgido de la noche a la mañana. Un caso extraño, sin duda, pero iba a poner todo su empeño en encontrar el origen. No iba a dejar pasar la oportunidad de añadir otro paciente estrella a su ya largo currículum. Cerró el expediente y salió de su despacho en dirección a la sala de recepción de pacientes.

Elena, ataviada con su habitual bata azul, diferente a la del resto de doctores del centro, espera en la entrada de las instalaciones el vehículo que transportaba a Joaquin Dabrio desde los juzgados. Mientras, observaba ya acostumbrada como dos enfermeros dejaban su animada conversación al pasar por su lado y pensaba que ser la hija de un jefe déspota tenía un precio. Así, la llegada del furgón le cogió absorta en sus pensamientos. Saludó a los dos policías, viejos conocidos, y observó como bajaban al paciente. Le llamó la atención lo diferente que estaba de la foto de su expediente. El hombre que descendía agarrado por los dos policías distaba mucho de ser el chico repeinado y cuidado que aparentaba ser en la foto. Presentaba un pelo largo y descuidado y una barba digna de cualquier asceta que se preciara. La verdad es que era un chico bastante guapo -pensó- Es una pena que hubiera perdido la cabeza e hiciera lo que hizo.

Adrián esperaba impaciente a que llegara su hija con el sujeto. Estaba ansioso por llevarle a la sala de interrogatorio, así llamaba a donde se entrevistaba con sus pacientes. De repente se abrieron las puertas de la sala y apareció Elena con el paciente y dos guardias de seguridad. Se tomó unos segundos para analizar a su hija. Nunca se había fijado lo guapa que era. Afortunadamente -pensó- había heredado las facciones afiladas, casi griegas de su madre. Desafortunadamente, también heredó su carácter, o falta de él. Nunca tuvo la ambición ni el carácter suficiente para tener puestos de responsabilidad. Se especializó en psiquiatría solo porque su madre también lo fue, eso lo decía todo.
Padre e hija acompañaron a Joaquín a la sala de interrogatorio, que consistía en una sala completamente blanca con una mesa y dos silla situadas una enfrente de otra con una lampara colgando del techo. Sentaron al paciente en una de las sillas y el Dr. Solaz se sentó enfrente, mientras Elena observaba desde una esquina.
El psiquiatra miró fijamente a Joaquín, quién no paraba de pasarse la mano esposada por el pecho, y le preguntó si podía decirle su nombre. Joaquín no respondió. El doctor volvió a formular la pregunta, consiguiendo el mismo resultado. Elena, viendo el fracaso de su padre, decidió intervenir.
-Joaquín, mírame. -dijo ella. Como si le hubiera sido un soldado en otra vida y le hubieran dado una orden directa, Joaquín obedeció. Adrián miró atonito a su hija mientras ésta empezaba el interrogatorio.
-¿Cómo te llamas? -preguntó Elena.
-Joaquín Dabrio -contestó él, con la voz temblorosa, intentando descifrar las notas que el Dr. Solaz escribía en un cuaderno.
-¿Cuántos años tienes?
-Treinta y cuatro.
-¿Sabes donde estás?
-No.
-Estás en una institución para gente con enfermedades mentales llamada Hurst. Joaquín abrió los ojos como si acabara de caer en algo y se quedó inmóvil.
-¿Sabes por qué estás aquí? - preguntó acercandose poco a poco al paciente.
No respondió esta vez. Seguía inmóvil mirando al infinito.
-Joaquín, mírame. Dime, ¿por qué estás aquí?
-Porque..... yo.....
-Sigue Joaquín, puedes hacerlo.
-Yo.... maté a mi madre.
-¿Y por qué hiciste eso?
-Porque estaba en la lista.
-¿Qué lista?
-La lista -respondió él, como si fuera algo obvio.
-Y, ¿qué pone en la lista? -preguntó incisivamente.
-Hay 93 tareas, tengo que cumplir 93 tareas. Es lo más importante.
-¿Cuántas tareas has cumplido? ¿Qué consigues cuando las acabes?
-No lo se, algunas. No las suficientes. Siempre quedan tareas por hacer - dijo él tocándose el pecho compulsivamente y dándose golpes.
-Dime, ¿Cuál es la siguiente tarea que debes cumplir?
-La estoy cumpliendo.
-Pero, ¿Cuál es? -preguntó la doctora, ya intrigada.
-Quemar este sitio- dijo, mientras de un salto se abalanzaba sobre Elena y la cogía del cuello.









sábado, 10 de abril de 2010

93B Primera Parte


Come On Baby Light My Fire!

-¿Ya? ¿No puede ser!- se lamento Joaquín, dándose cabezazos contra la almohada

Music is supposed to inspire...

-Fue una mala idea poner mi canción favorita como despertador. Empiezo a aborrecerla con todo mi alma...-pensó, mientras se incorporaba y se miraba al espejo que tenía enfrente de su cama, comprobando los estragos de la noche anterior. Observó su pelo normalmente bañado en gomina, ahora tapándole toda la frente. Sus ojos, que reflejaban la intensidad de la noche, amoratadas las pupilas por el cansancio. Pasó los dedos por la quemadura de cigarro en la muñeca que le hizo su amigo Javier, sintiendo que todavía le escocía.

Frotándose los ojos, y una vez comprobadas todas las “heridas de guerra” de la noche anterior, decidió que ya era hora de levantarse e irse a la ducha. Caminó hacia el baño, encendió la radio y comprobó que sonaba Lady Stardust de David Bowie.

-Una canción mucho mejor para mi despertador, murmuró sonriendo.

Accionó el agua caliente de la ducha, se quitó el pijama lentamente, se giró para comprobar su estado por última vez en el espejo del baño. Fue entonces cuando lo vio.

-¿Qué cojones....?, dijo asombrado. Joaquín se quedo mirando atónito algo que tenía escrito en medio del pecho. Se acercó al espejo para poder leerlo.

"Esta no es tu vida. Sal de ella. 93B"

-Pero, ¿Qué coño es eso? No daba crédito a lo que estaba viendo. Precisamente esa noche recordaba perfectamente todo lo que había hecho, no tenía ninguna laguna mental. Analizó la escritura con más detenimiento y se dio cuenta de que era en una fuente mecanizada, era imposible que una mano hubiera escrito eso. Además, la tinta no parecía la típica tinta de cualquier bolígrafo, ni siquiera tenía el aspecto de ser un tatuaje. En un acto reflejo, se metió en la ducha y empezó a frotarse el pecho con la esponja, pero la maldita inscripción no se marchaba, por mucho que frotara. La desesperación se apoderó de él. Frotaba cada vezcon más fuerza. Estaba furioso.

Las señales horarias de la radio le recordaron que tenía que ir a recoger a su madre al aeropuerto, que volvía de un largo viaje.

La ducha la realizó como un acto reflejo, repasando una y otra vez la noche anterior intentando encontrar alguna laguna o fisura en su memoria que diera explicación a aquello, pero en su cabeza no cabía explicación alguna.

Se vistió, cogió movil, llaves y cartera de la mesilla de noche y se dispuso a salir por la puerta de su casa cuando vio un sobre en el suelo al lado de la puerta. Corrió a abrir la puerta, miró a un lado y a otro del pasillo, pero no vio a nadie. Cogió el sobre. Era el típico sobre blanco de carta pero tenía algo escrito:

Para tí, quien quiera que seas. 93B