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miércoles, 25 de agosto de 2010

93B. Segunda parte


Era una mañana lluviosa de septiembre. Adrián, el Dr. Solaz para todo el mundo, se paseaba de un lado al otro de su despacho mientras ojeaba el expediente de la ultima adquisición del centro Hurst, la institución mental con más renombre de la ciudad. Adrián, no muy amigo de los eufemismos, le gustaba llamarla cárcel de locos y a él mismo, por supuesto, loquero.
Joaquín Dabrio Vila, así se llamaba el sujeto.
-Tiene un expediente divertido -masculló el psiquiatra enseñando los colmillos con su media sonrisa. Y era cierto. Brotes psicóticos, tendencias homicidas, indicios de esquizofrenia... Y todo surgido de la noche a la mañana. Un caso extraño, sin duda, pero iba a poner todo su empeño en encontrar el origen. No iba a dejar pasar la oportunidad de añadir otro paciente estrella a su ya largo currículum. Cerró el expediente y salió de su despacho en dirección a la sala de recepción de pacientes.

Elena, ataviada con su habitual bata azul, diferente a la del resto de doctores del centro, espera en la entrada de las instalaciones el vehículo que transportaba a Joaquin Dabrio desde los juzgados. Mientras, observaba ya acostumbrada como dos enfermeros dejaban su animada conversación al pasar por su lado y pensaba que ser la hija de un jefe déspota tenía un precio. Así, la llegada del furgón le cogió absorta en sus pensamientos. Saludó a los dos policías, viejos conocidos, y observó como bajaban al paciente. Le llamó la atención lo diferente que estaba de la foto de su expediente. El hombre que descendía agarrado por los dos policías distaba mucho de ser el chico repeinado y cuidado que aparentaba ser en la foto. Presentaba un pelo largo y descuidado y una barba digna de cualquier asceta que se preciara. La verdad es que era un chico bastante guapo -pensó- Es una pena que hubiera perdido la cabeza e hiciera lo que hizo.

Adrián esperaba impaciente a que llegara su hija con el sujeto. Estaba ansioso por llevarle a la sala de interrogatorio, así llamaba a donde se entrevistaba con sus pacientes. De repente se abrieron las puertas de la sala y apareció Elena con el paciente y dos guardias de seguridad. Se tomó unos segundos para analizar a su hija. Nunca se había fijado lo guapa que era. Afortunadamente -pensó- había heredado las facciones afiladas, casi griegas de su madre. Desafortunadamente, también heredó su carácter, o falta de él. Nunca tuvo la ambición ni el carácter suficiente para tener puestos de responsabilidad. Se especializó en psiquiatría solo porque su madre también lo fue, eso lo decía todo.
Padre e hija acompañaron a Joaquín a la sala de interrogatorio, que consistía en una sala completamente blanca con una mesa y dos silla situadas una enfrente de otra con una lampara colgando del techo. Sentaron al paciente en una de las sillas y el Dr. Solaz se sentó enfrente, mientras Elena observaba desde una esquina.
El psiquiatra miró fijamente a Joaquín, quién no paraba de pasarse la mano esposada por el pecho, y le preguntó si podía decirle su nombre. Joaquín no respondió. El doctor volvió a formular la pregunta, consiguiendo el mismo resultado. Elena, viendo el fracaso de su padre, decidió intervenir.
-Joaquín, mírame. -dijo ella. Como si le hubiera sido un soldado en otra vida y le hubieran dado una orden directa, Joaquín obedeció. Adrián miró atonito a su hija mientras ésta empezaba el interrogatorio.
-¿Cómo te llamas? -preguntó Elena.
-Joaquín Dabrio -contestó él, con la voz temblorosa, intentando descifrar las notas que el Dr. Solaz escribía en un cuaderno.
-¿Cuántos años tienes?
-Treinta y cuatro.
-¿Sabes donde estás?
-No.
-Estás en una institución para gente con enfermedades mentales llamada Hurst. Joaquín abrió los ojos como si acabara de caer en algo y se quedó inmóvil.
-¿Sabes por qué estás aquí? - preguntó acercandose poco a poco al paciente.
No respondió esta vez. Seguía inmóvil mirando al infinito.
-Joaquín, mírame. Dime, ¿por qué estás aquí?
-Porque..... yo.....
-Sigue Joaquín, puedes hacerlo.
-Yo.... maté a mi madre.
-¿Y por qué hiciste eso?
-Porque estaba en la lista.
-¿Qué lista?
-La lista -respondió él, como si fuera algo obvio.
-Y, ¿qué pone en la lista? -preguntó incisivamente.
-Hay 93 tareas, tengo que cumplir 93 tareas. Es lo más importante.
-¿Cuántas tareas has cumplido? ¿Qué consigues cuando las acabes?
-No lo se, algunas. No las suficientes. Siempre quedan tareas por hacer - dijo él tocándose el pecho compulsivamente y dándose golpes.
-Dime, ¿Cuál es la siguiente tarea que debes cumplir?
-La estoy cumpliendo.
-Pero, ¿Cuál es? -preguntó la doctora, ya intrigada.
-Quemar este sitio- dijo, mientras de un salto se abalanzaba sobre Elena y la cogía del cuello.