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viernes, 27 de marzo de 2009

El Andante


Siempre tuvo la sensación de que moriría joven. Era, obviamente, una sensación irracional, un presentimiento, pero él nunca dudo de que así sería. Por eso no se sorprendió aquel día cuando salió de la consulta del doctor Ramos con la noticia de que le quedaban 2 meses de vida, como máximo. No solo no estaba sorprendido, sino que agradecía a Dios o a quien fuera que le aplicase el castigo que se merecía.

La única cuestión que realmente le preocupaba ahora mismo era el cómo iba a pasar el tiempo hasta que le llegara la hora. Le daba igual el dónde,  cuándo e incluso el por qué de su final.

Quería morir solo, pensó, pero enseguida su cara dibujó una sonrisa. Claro, también tengo la opción de montar una macro fiesta con mis múltiples amigos, se dijo con cierta amargura. Pero en el fondo sabía que lo que no quería era que Lucía y los niños supieran nada. Y lo peor de todo es que no tenía nadie más a quien decírselo. 

Entonces un pensamiento invadió su mente. No quería volver a verles nunca más, no quería volver a enfrentarse a sus caras de lástima, a sus expresiones de compasión cada vez que le miraban. Sabía que los únicos sentimientos que podía suscitar ahora sobre los que antes le querían eran justo esos: lástima y compasión. Y todo por culpa de un tal Jonnhie.

Todo empezó con un hecho doloroso en su vida. Llamémosle X, porque en el fondo da igual. En fin, él no encontró otra mejor forma, y mas barata al principio, de mitigar ese dolor que con su amigo "el andante". Antes, siempre se tomaba su copita después de comer, "como todo buen español", pero nada más. Pero desde que pasó X, vivía ahogándose en un mar de dolor y el único salvavidas que él alcanzaba a ver era el fondo vacío de una botella. 

Y "el andante"consiguió que se olvidará de por qué sentía dolor, pero no se lo quitó. Ese salvavidas solo consiguió meter a todo aquél que él quería en su mar de sufrimiento. Llegaba tarde a casa, siempre estaba de mal humor, tenía completamente desatendidos a los niños. Lucía siempre intentó ayudarle, convencerle de que necesitaba ayuda. Ella siempre miró por él, fue fiel a aquello de "en lo bueno y en lo malo". Por eso le dolió tanto separarse de ella.

Se dio cuenta de que no podía seguir así. Ellos no tenían la culpa de sus desgracias. Ellos se merecían ser felices.  Y llegó a la conclusión de que tendría que elegir entre Johnnie Walker o su familia. Y eligió mal.

Se fue avergonzado, dejando únicamente una nota. Dejó el trabajo, se cambió de ciudad y estuvo acompañado únicamente de su botella durante unas semanas. Hasta que el doctor Ramos le dijo que su hígado no podría sobrevivir mas de dos meses, y que siendo un alcohólico nadie aprobaría un transplante. E irónicamente, y por primera vez en mucho tiempo, no sentía dolor, sino alivio.

Y allí estaba él, sentado en el suelo de su apartamento, apoyado en la pared, bebiendo lentamente de su "amigo", esperando que la muerte viniera de una vez. Pero ahora ya no bebía por el sufrimiento, ahora bebía para no estar solo.

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